El canto del gallo levantó a María, que se lavó rápido en la palangana y encendió el hogar para hervir un poco de agua.
—Tienes que irte, Antón. ¿Por qué no te levantas?
—Hoy quiero desayunar aquí.
María añadió achicoria y pasó a un pucherito la mezcla colándola con un trapo.
—No me parece bien —dijo alcanzándole un tazón con un pellizco de pan negro que se ablandaba en la achicoria—. ¿No ves que ya va clareando y tengo que abrir la contraventana? Si no lo hago pronto, pensarán que algo me pasa.
Sentado en la cama, Antón se puso a comer. María agarró un vestido sobrio que colgaba de un banquito de madera y dejó en su lugar el camisón.
—Espabila. Te van a pillar.
—Ven aquí conmigo.
María se zafó del abrazo. Apenas había empezado a cepillarse la melena cuando unos golpes la hicieron pegar un brinco.
—¡Mira que te lo dije!
Tras la puerta esperaba Chucha, con un jersey tosco sobre el vestido negro y los brazos cruzados de frío.
—Nada, que como no abrías, ya pensaba yo que estabas mala.
—Que no, mujer… Que se me pegaron las sábanas.
Chucha se frotó los brazos y echó un ojo dentro de la casa.
—Qué frío.
—Yo es que ya me iba, Chucha. Tengo el cesto preparado.
—Sí que huele bien ahí dentro…
Era la mujer más cotilla del pueblo y también la más pobre. La que más lástima daba, anciana, viuda y sin hijos. De la casa salió un chasquido.
—¿«Tas» con alguien?
—Ay, Chucha, ¿con quién voy a estar? Es el crepitar del fuego. Pase, ande, pase.
La puerta de la casa daba directa a la cocina, tres metros cuadrados provistos de un hogar, una balda donde apilar la escasa cerámica, una olla de hierro fundido y, dentro de esta, otra más pequeña, una mesa de madera con su pucherito de achicoria y dos sillas rudimentarias. María sirvió un tazón y echó dentro el último mendrugo de pan negro.
—¿Tú no tomas?
—Ya tomé.
La vieja agarró la cuchara y no la soltó hasta acabar con la última miga desprendida del mendrugo que al calor de la achicoria perdía su dureza. Satisfecho el estómago, se limpió el morro fruncido con la manga del jersey, que le quedaba grande por ser una herencia de su marido.
—Se viene una boda —comenzó a narrar—. No es que haya «na» dicho «tovía», pero ni falta, porque te digo yo que venirse, se viene. ¿O no ves cómo anda Manoli, la hija de Pepa? Ya no hay chales que le tapen esa panza. ¡Y por qué poco no se desmayó el otro día en el caño, cogiendo agua! Si no «ta» casada ya, es porque el Mati no da la cara. Porque es del Mati, ¿de quién si no? Pero va a hacerle falta otro tonto «pa» lavar pañales, y ese va a ser Vitín. Y si no ya lo verás, que anda detrás de Manoli desde que eran un par de canijos. Mala vida van a darle la mujer y la suegra, que menudas son la Pepa y la Manoli… ¡Pobre Vitín!
María se agachó a por una cesta llena de huevos y verduras.
—¿Tanta prisa tienes que no lo vas a fregar? —dijo Chucha meneando el tazón—. Y el tuyo, ¿ya lo fregaste?
—Me lo dejé en la cama.
Chucha se inclinó hacia un lado husmeando dentro de la habitación.
—Si ya lo sabía yo, que no tenías el día muy católico tú hoy. Pero, anda, que el armario abierto y la cama sin hacer…
—Se me está haciendo tarde, Chucha. Muchas gracias por preocuparse.
La vieja izó su cuerpo menudo y arrastró los pies camino de la puerta. Pero, antes de salir, se giró y alzó unos ojos gastados pero vivarachos.
—Cogieron a Juanín de madrugada —susurró.
El talle fino de María estuvo a punto de doblarse con un jadeo que la joven contuvo mordiéndose los labios.
—Abre la casa, mujer. Y péinate un poco, guapa. Que alguien puede pensar mal.
Una vez que se hubo ido la vecina, María abrió las dos contraventanas. Primero en la cocina y después en habitación. Se sentó en la cama vacía, sosteniendo el cuenco que Antón había dejado por la mitad, y no pudo contener una llantina que se escapó al principio en pequeñas erupciones, se prolongó en un alarido sofocado por la angustia largo tiempo soportada y fue menguando hasta apagarse.
—No vuelvas a hacerme esto —gimió.
Al echar la llave a la puerta, María vio a su vecina asomar la cara por la ventana de enfrente. Se marchó caminando de puerta en puerta sobre el empedrado roto de hierba, envuelta en un chal raído, ofreciendo huevos y hortalizas a cambio de queso, pan, jabón o cualquier otro bien necesario del que sus vecinos pudieran desprenderse. Nadie le decía «no», porque si era Chucha la primera en dar pena, la segunda era María, huérfana de padres y eterna novia a la espera.
Regresaba a casa cuando, viendo a Gabriel apoyado en el caño, torció el camino hacia la callejuela que pasaba por detrás de la iglesia y aceleró al oír pisadas acercándose por su espalda.
—¿Por qué corres? —dijo Gabriel—. ¿Dónde vas con tanta prisa?
María siguió caminando sin responder.
—Te estoy hablando, mujer. No seas maleducada.
Le había dado alcance y andaba a la par que ella por la calle estrecha, con el santo paredón de piedra por un lado y, por el otro, las tapias de algunas huertas.
—¿No te cansas de mendigar, tontina?
En este punto, Gabriel ya se había plantado delante de ella, su cuerpo espigado cerrándole el paso.
—Sabes que conmigo no te faltaría nada. Ese sinvergüenza no va a volver, Mariuca. No es más que un cobarde que prefiere echarse al monte antes que dar la cara. Yo, en cambio, soy un hombre honrado. No tengo problemas con nadie. Puedo darte la vida tranquila y cómoda que tú te mereces, mi reina.
—Se me hace tarde, Gabriel.
—¿Tarde para qué, María? Si el vestido ese de novia van a terminar devorándolo las polillas, igual que a ti.
María no osaba levantar la mirada. Eran ya demasiadas las veces en que había sufrido esos ojos de águila desorbitándose sobre ella. Y, cada una de esas veces, había sentido nauseas.
—¿Todo eso te vas a comer tú sola?
El cesto volvía repleto. Fruta, mantequilla, queso y hasta un bollo de pan negro.
—Son generosos conmigo. Si quieres, puedes coger.
—¿De la cesta? ¿O de lo que hay detrás?
María alzó la mirada del susto y se topó con los ojos depredadores en su máximo ejercicio de pecaminosa intención.
—No quiero a nadie, Gabriel. Estoy bien así como estoy. En el pueblo hay otras chicas. A mí, déjame en paz.
Oyeron acercarse por la callejuela la figura oronda del padre Andrés, batiendo al andar el bajo de su sotana.
—¿Ves, María? —murmuró Gabriel—. ¿Ves esa campana de ahí arriba? Pues va a doblar un día por nosotros, vete haciéndote a la idea.
A punto de llegar a casa, sentía aún los ojos de Gabriel pinchándole la espalda. Había caminado rápido, volviéndose a mirar atrás en cada esquina, y no había percibido más indicios de su presencia que aquella sensación babosa pegada entre los omóplatos.
Llamó a la puerta de Chucha. Le dio un pedazo de queso y el bollo de pan casi tierno, más dos huevos que le habían sobrado en el reparto y que solo a ella le dejaba a cambio de nada. Después, corrió a casa a refugiarse. Posó en la mesa el cesto y cruzó la cocina en oblicuo para salir a la huerta. Echó unas mondas a las gallinas y esparció un cubo de agua por encima de coles, patatas, ajos y cebollas. Más allá de la tapia, se asomaba el tejado de Chucha con todo su deterioro. De vuelta en la cocina, puso en marcha unas sopas de ajo. El resto del día se le fue despacio.
La luz moría tras un manto de nubes densas cuando María cerró impaciente las contraventanas, echó la llave a la puerta y abrió el armario del dormitorio. En el lado derecho colgaba un modesto vestido de novia, largo hasta la pantorilla, mientras que el izquierdo hacía las veces de relicario para el recuerdo de los padres fallecidos, acomodado en tres pisos de baldas entre puntillas blancas y telas discretamente bordadas. En la parte baja, la ropa de faenar pulcramente doblada; el peine simple en el medio, junto al pañuelo de bolsillo, la bandejita con las horquillas, las peinetas y el ganchillo; arriba, la Biblia y el rosario entre dos portafotos plateados con el retrato de cada uno de los difuntos.
El relicario entero con sus tres pisos comenzó a sobresalir con un tembleque. María tiró hacia fuera, extrayéndolo de una sola pieza mientras Antón empujaba por el otro lado. Tenía buena cara. No siempre era así. A menudo lo asaltaban ataques de pánico en los que el pesimismo y la desesperación le arrancaban un discurso de letanías acerca del parásito que era, el hombre mantenido por la hembra en el más vergonzoso concubinato. Entonces, María lo abrazaba tragándose su propia pena en el afán de darle amparo. Pero algunos otros días, los menos a cada vez, el muchacho alegre con el que había estado a punto de casarse aparecía tras la sombra y, en esos días, se derrochaban abrazos y besos. Aquella noche, después de saciar un hambre de ausencia mutua, María calentó las sopas de ajo, cenó junto a su novio en la cocina y cruzó la grieta de la pared para dejar un hatillo con comida al otro lado del armario.
Abrazados en cama para uno, la novia y el novio se fueron quedando dormidos mientras ella le acariciaba el cabello vigoroso, escuchando el ruido de la lluvia. Se abrazaron también al momento de frágil felicidad, a la esperanza del día en que la grieta detrás del armario no tuviera que engullir todo cuanto valía la pena. Nadie la había abierto a propósito. Era el resultado de un ridículo error sumado a la terquedad de dos hombres. El abuelo de María había comenzado a construir la casa por un lado mientras, por el otro, lo hacía el bisabuelo. Cuando las dos partes tenían que encontrarse, descubrieron que no iban a la par y discutieron la manera de arreglarlo, pero jamás se pusieron de acuerdo. El abuelo quería tirar una parte del muro y volver al levantarla, pero el padre de este se empeñaba en empatar los dos lados tal y como estaban, dejando un ligero saliente en la casa. Fallecido el bisabuelo, su hijo no tuvo el valor de llevarle la contraria ni siquiera estando muerto. Por ello resolvió construir un nuevo muro que recubriera por fuera el anterior, clavó un armario hecho a medida delante del desperfecto, terminó de edificar y nunca más habló del tema.
María solía pensar que la suerte les había puesto delante aquella grieta, con el tamaño justo para escurrir el cuerpo flaco de Antón, el pasadizo a un cuartucho tan largo como ancha era la casa, que les permitía comunicarse aunque no se pudieran ver, donde Antón pasaría las horas a la luz de una linterna tallando madera, tejiendo cestos o mirando a la nada. Llegado el momento, los dos lo vieron claro sin tan siquiera decirlo y construyeron el interior extraíble del armario. Después, Antón fingió escapar al monte y regresó de noche para no salir más.
El muchacho conservaba su optimismo cuando el alba se anunció. Hablaba de planes para sacar provecho a su producción de cestos y tallas de madera. María le dejó el desayuno en la guarida mientras le decía que no hablara tan alto y que se diera prisa, que alguien lo podía oír, que lo iban a pillar. Antón se escurrió por la grieta y asió las agarraderas del relicario que honraba a los suegros. Ella nunca miraba cómo desaparecía. Se aferraba a la pieza, la empujaba hasta escuchar un chasquido, retocaba las reliquias y cerraba las puertas. A partir de ese momento, ya podía estar tranquila.
Aquella mañana, pasando junto a la iglesia, María miró hacia arriba recordando las palabras de Gabriel. Cada día se minaban un poco más las esperanzas de que esa campana o ninguna otra llegase a anunciar su boda con Antón. Jugaba desde hacía un tiempo con la idea de pedir al padre Andrés que los casara en secreto, porque el padre Andrés no hacía ademán de significarse, vivía entregado a su misión religiosa y a hacer el bien en la comunidad. Era un señor afable, de buen corazón. Lo peor que podía pasar era que se negara. Aquella loca idea clandestina nacida del romanticismo cobró aquella mañana un color diferente. Si ya estaba casada con Antón, Gabriel no tendría más remedio que desistir de su afán por perseguirla.
Al tercer toque en casa de Chucha, la puerta siguió sin abrirse y María decidió pasar dentro. Caminó por encima de la humedad que habían dejado las goteras y, con solo tres pasos, cruzó la cocina para entrar al dormitorio, donde vio a su vecina encogida en la cama. Lo primero que hizo, fue acomodarla con ropa limpia. Después, secó las humedades y colocó un par de cacharros para recoger el agua de las goteras. A continuación, se fue a su corral y sacrificó un pollo, preparó con él un caldo y llevó un tazón a su vecina que, con cada cucharada, fue recuperando un poco de vida.
—Tiene la casa muy mal, Chucha. ¿Por qué no pide ayuda?
—Me voy apañando, guapa. No me preparé «pa» las lluvias, menuda haragana «toy» hecha, pero tengo mi cocina de leña que me da buen calorcillo y hasta tengo mi propia emisora de radio, porque mi patio da al de la Blasa y el de Blasa al de Carmina, y así uno con otro y con otro, «Radio Chisme» la llamo yo. Y da la casualidad de que Carmina es prima de guardiaciviles y en caso de un apuro los pongo a funcionar en menos que canta gallo. Pero, oye, si me quieres traer otro caldo, a eso no te digo yo que no.
Al otro lado de la calle, mientras tanto, el armario del dormitorio se movía. Tras unos cuantos empujones, Antón logró que la puerta cediera para abrirse paso fuera del agujero. Aquel olor a caldo le había revolucionado el estómago. Persiguió hasta la cocina el aroma hechizante y se llenó un tazón con el líquido sanador. En ese mismo momento, con aire triunfal, Gabriel se acercaba a la casa sosteniendo entre las manos un ostentoso ramo de flores. Antes de llamar a la puerta, repasó una vez más su discurso: «No quiero que nos enfademos, María, y para que veas que no te guardo rencor…». Fue entonces cuando percibió un movimiento al otro lado de la ventana y, acercándose al cristal, pudo distinguir el cuerpo de Antón sirviéndose el caldo.
—¿Qué buscas?
María cerró la puerta de enfrente y caminó directa a Gabriel.
—¿Que qué buscas, Gabriel? ¿Qué fisgoneas por mi ventana?
—Por eso no me querías —los ojos depredadores se habían teñido de una sangre acuosa—. Ya tienes quien te caliente la cama, pedazo de…
Su mano soltó el ramo y se cernió desde lo alto para caer en picado hacia ella. Pero, a mitad del camino, Gabriel se detuvo y aprisionó su propio puño con los dientes.
—Tendría que despreciarte —masculló.
María dudó si abrir la puerta y escapar dentro de casa. Temía que al hacerlo Gabriel se colara tras ella.
—Cásate conmigo o lo denuncio —lo escuchó decir con frialdad.
Logró sostener su mirada de animal moribundo el tiempo necesario para contestarle «aquí no hay nada que denunciar». La mano le tembló al tratar de meter la llave en la cerradura.
—¡Eh, tú! ¡Chaval!
Chucha agitaba las manos desde su ventana.
—Me acabo de orinar entera. Ven a ayudarme mientras ella me pone un caldo.
Cuando Gabriel terminó de responder a la señora que no dijera marranadas, María ya se había encerrado en casa. Los ojos inflamados del muchacho, enfermos de obsesión y despecho, la persiguieron aún a través del cristal de la cocina, donde María encontró el tazón con el caldo que Antón se había servido. Quiso llevarlo a la mesa y sentarse a fingir que almorzaba sola, pero sus manos seguían temblando de tal modo que no lo habría conseguido, y tembló más aun al comprender que Gabriel había cambiado la ventana de la cocina por la del dormitorio, donde Antón se había agazapado bajo la cama después de cerrar el armario.
La angustia retenida por el día no encontró las fuerzas necesarias para reventar una vez que las contraventanas devolvieron la intimidad. María no quiso ayudarlo a salir ni tampoco cenar con él. Si tan bien se apañaba solo, que solo lo hiciera todo. Se acostó vestida sobre la cama hecha, dándole la espalda, y llegó entonces el desahogo a través de un llanto sereno.
—Tenemos que irnos de aquí —le dijo Antón.
María continuó llorando en silencio. ¿Adónde irían? ¿Qué sería de Chucha sin ella? Por un momento pensó en la clase de vida que podría llevar junto a Gabriel. No era un muchacho feo. No era a ella a quien la ley perseguía. Fue un momento tan breve que casi podía decirse que ni siquiera había existido y, sin embargo, María sintió asco de sí misma por engendrar un pensamiento tan mísero.
Saltaron de la cama en mitad de la noche sin haber llegado a conciliar el sueño. Cuando María quiso ayudarlo a esconderse, el cuerpo de Antón ya se había esfumado tras el relicario que ella recompuso a toda velocidad. De haberse demorado un minuto más en abrir la puerta, los golpes la habrían tirado abajo.
Dos guardias civiles entraron en la casa seguidos por Gabriel, sin pedir permiso ni dar explicaciones. El de mayor edad indicó al otro que registrara la cocina y la huerta mientras él inspeccionaba el dormitorio.
—¿Qué buscan? —lo siguió María—. Aquí no hay nada.
—Eso, si acaso, tendré que decirlo yo.
El capitán miró debajo de la cama y levantó el colchón. Empujó el armario para echarlo abajo pero los fuertes clavos no permitieron que se desplazara ni un milímetro. Al abrirlo, refrenó un impulso de palpar el interior con la culata del fusil. Solemnes se presentaban el vestido de novia y el relicario familiar.
—¿Y el resto de la ropa?
—La llevo puesta, señor.
El capitán miró con desdén el sencillo vestido gris antes de continuar examinando el armario.
—¿Quién son esos? —preguntó.
—Mis padres, que en paz descansen.
María vio cerca el final. Falta de fuerzas, se sentó en la cama y percibió de refilón los ojos de Gabriel, dos llamas barriendo la estancia, preguntándose en qué parte de un cuartucho tan pequeño se podría esconder un prófugo. Sonaban en la cocina cacharros zarandeados. ¿Quién pensaban esos hombres que podía estar metido en una olla?
—¡Nada en la cocina, mi capitán! Ahí fuera, gallinas y coles y un frío que pela.
El muchacho entró al dormitorio y apartó el vestido de novia con la punta del fusil. Se dispuso a hacer lo mismo con los dos portarretratos, pero el capitán alzó también su fusil y lo interpuso en el trayecto del otro.
—Los difuntos no se tocan —dijo—. En este cuchitril no hay donde ocultar a nadie.
—No puede ser —protestó Gabriel—. Tiene que estar aquí. Pregúntenle a ver por qué cierra la casa con llave. Pregúntenle quién se zampa toda esa comida que se trae en su cesto, ¡si está más flaca que una escoba!
—Con esa comida me mantiene a mí.
Desde el umbral que separaba cocina y dormitorio, Chucha los observaba con un jersey gastado sobre el camisón.
—Ustedes perdonen, pero el escándalo me despertó. Y ahora, si no les importa, voy a ver si consigo dormir. Aunque lo dudo mucho, porque ya me he desvelado.
Salieron los guardias detrás de Chucha y tras ellos Gabriel. Alguna nariz de vecino se asomaba por las ventanas.
—Les digo que lo vi, ¡que tiene al novio metido en casa!
—¿A quién? —dijo Chucha—. ¿A Antón? Habrá sido un fantasma lo que viste. Ese chaval está muerto y bien muerto.
—Y a usted, ¿quién le ha dado vela en este entierro? —gritó Gabriel—. ¡Ande, váyase a su casa y deje de tocar los «güevos»! Por esa misma ventana les digo que lo vi con estos ojos. Estaba a sus anchas el muy cerdo justo ahí, en la cocina, comiendo la sopa boba.
—Pues yo lo que sé —dijo Chucha— es que vi el fantasma de Antón por donde la iglesia, ya va unos cuantos días.
—¡Yo también lo he visto! —gritó Blasa por la ventana.
—¡Y yo! —se asomó Carmina—. En el cementerio lo vi yo cuando fui a limpiar la tumba de mi madre. Llevaba muy mala cara.
Los dos guardias civiles se miraron meneando la cabeza.
—Está gente está chiflada, mi capitán.
—Ya. Pero vámonos de aquí, no sea que tengan razón.
Fue Chucha la única en permanecer junto a la ventana. María y Antón decidieron pasar la noche separados, hablando en voz baja a través de la grieta, ella con sus reproches y él con sus planes de huida. Comenzó a llover de nuevo. Esta vez me pilla preparada, pensaba Chucha mirando a la casa de enfrente con sus contraventanas bien cerradas. El caldo de María le había sentado bien. Se preguntó si sería muy tarde para ir a pedirle otra taza. Tendría que ser rápido, antes de que arreciara la lluvia. Y en esas andaba la vieja cuando vio pasar una figura por delante de su ventana. Al final resultaba que iba a ser verdad la historia del fantasma.
Se trataba sin duda de una figura masculina, con el cuerpo espigado, que cruzó la calle bajo la lluvia fina, se acercó a la tapia del huerto de María y se puso a trepar. La anciana corrió hasta su patio, dio aviso a la Blasa y, en menos de lo que canta un gallo, vio regresar a los guardias civiles a través de una lluvia que se volvía torrencial por momentos. Tan pronto como entraron en casa de María buscando de nuevo a Antón, la figura clandestina asomó la cabeza para saltar hacia afuera.
—¡Que se escapa el prófugo! —gritó Chucha por la ventana.
Al grito de alarma acudió el más joven y vio a la vecina señalar al hombre que saltaba la tapia. El muchacho empuñó su fusil y, con un disparo, dejó el cuerpo a la fuga tendido en el suelo bajo un riachuelo de sangre que se fue diluyendo en el encharcado.
Sentados en la cama, María y Antón se pasaron el resto de la noche escuchando cómo la lluvia lavaba el empedrado. Por la mañana, ya no quedaban restos de la sangre de Gabriel ni de aquella noche de episodios delirantes velados por la oscuridad. Parecía que lo ocurrido no hubiera sido más que un sueño incómodo que les había dejado el cuerpo exhausto y una sensación de hartazgo en las sienes.
Volvieron a escucharse unos golpes con el alba. María arrastró los pies hasta la puerta.
—Ese caldo que me «distes», mucho me ayudó. Venía por ver si aún te quedaba.
No la invitó a pasar, pero tampoco cerró la puerta ni se oyó ningún chasquido venir de la habitación. María encendió el hogar y puso a calentar el caldo. Después, colocó sobre la mesa un par de tazones.
—¿No te parece que falta uno? —le dijo Chucha.
En ese momento, el cuerpo flacucho de Antón se asomó a la cocina.
—Vas a tener que comer de pie —decidió la vieja—. ¿No se te daba tan bien la madera? Ya podías hacer alguna silla más.
La puerta permanecía abierta. El aire fresco, lavado por la lluvia, entró para lavar también la casa.
—Pero antes de ponerte con las sillas, tienes que ayudarme a mí. Porque, aquí, tu futura dice que tengo la casa hecha una porquería. ¿Es o no es, María?
La joven asintió con la cabeza y sirvió tres tazones de caldo que acabaron de limpiar los restos ácidos de una noche en vela. Una vez que terminaron de comer, Chucha salió a la calle y Antón salió detrás. El muchacho asomó la cara tímidamente para oler la libertad. La bruma de la mañana llenó sus pulmones con un aroma que ya no recordaba. Al otro lado de la calle, Blasa se había asomado a sacudir las sábanas. Un impulso llevó a Antón a recular. Lo habían visto, seguro. Se asomó de nuevo y vio cómo Blasa recogía la sábana. Justo antes de retirarse, la vecina miró de nuevo y le dio los buenos días. Más allá, Carmina secaba el agua al balaustre del balcón. La mujer se detuvo un momento, miró al muchacho y alzó la barbilla para saludar. Después, siguió pasando el paño a la madera.
—Ya puedes dejarme la casa decente, chaval, que vas a vivir conmigo hasta que estéis casados. Del padre Andrés, ya me encargo yo. Y ahora voy entrando, que tengo que informar en «Radio Chisme» porque ya decía yo que se venía otra boda, ¡menuda es la Manoli! Ay, pobre de Vitín…
Fin

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