Yo soy de los vuestros

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Hincada en el reclinatorio, Marisa se santiguó por tercera vez consecutiva. Sus labios tenues y secos murmuraron un bisbiseo ferviente que cruzó el hueco en sus manos entrelazadas.

—Alabada sea tu devoción, hija mía. Ya es hora de descansar.

La voz del cura reverberó haciendo vibrar el candor de las velas. Al amparo de su luz, Marisa alzó los ojos para encontrar la mirada piadosa de la Virgen y, apoyándose en el reposabrazos desnudo, irguió su cuerpo y caminó seguida por el eco de los pasos del cura. Antes de abandonar la iglesia, se giró hacia el altar dedicando una última reverencia al Todopoderoso y, al señor párroco, una inclinación servil.

Terminó sus oraciones en la cama, contemplando las vigas del techo como si fueran imágenes santas. Tan pronto como dijo «amén», se dio la vuelta y cayó dormida. Nada perturbó su sueño hasta que empezó a escucharse el duelo de supremacías disputado entre los gallos de todos los corrales con sus cantos, y ni un minuto robó Marisa a su quehacer diario con demoras holgazanas.

Se ponía la enagua y el vestido simple antes de peinarse el cabello entreverado de gris, que enroscaba en un moño para luego comprobar el resultado sosteniendo un espejo sin marco ni agarradera. No se miraba la cara. De sobra conocía la barbilla larga y nariz aguileña, los ojos pequeños y el ceño arrugado. Pero el moño, en cambio, lo examinaba a conciencia y, si no estaba bien, lo deshacía y volvía a componerlo.

La casa modesta quedaba pronto atendida, de igual modo que el almuerzo para una sola boca de apetito reducido. Teniendo un encargo que despachar ese día, Marisa salió al patio y agarró un conejo por las patas traseras mientras, alrededor del cuello, colocaba con firmeza la otra mano. Dio primero un tirón suave que puso más nervioso al animal e hizo que se agitara más aún entre sus manos luchando por escapar. Aflojó al cabo de unos segundos y aplicó a continuación un segundo tirón más fuerte, lo suficiente para privar al conejo de toda capacidad de movimiento voluntario. Observó el pequeño cuerpo colgando indefenso y paralizado, palpitando de terror. Acercó su oído a la respiración sofocada, contempló los espasmos acompasados de las patas traseras, los ojos vidriosos pidiendo misericordia. Ensanchó las aletas de su nariz al paso de la agonía, llenando lentamente sus pulmones, y aguzó la oreja en el último tirón buscando el sonido del tránsito a la muerte.

Después de entregar el encargo, Marisa volvió a su casa y abordó los rituales de higiene personal, que inauguraba con un fregado a cepillo de los pies a las orejas, metida en un barreño de madera con espacio suficiente y justo para echarse por encima un cubo de agua sin convertir en barro el suelo del cuartucho donde se aseaba. Colorado el pellejo por la fricción, descolgaba de una percha su atuendo limpio, réplica exacta del que había puesto a remojo en el agua de bañarse. Constaba dicha vestimenta de una enagua sin adornos y un vestidillo gris con manga larga y bajo por los tobillos que, en días de frío, Marisa cubría con un tupido chal tejido a mano y que se completaba con un par de alpargatas negras de punta redonda. Tras esto, frotaba la ropa usada con un pedazo de jabón, la aclaraba con agua limpia para ponerla a secar y camuflaba el hedor a conejos hirviendo en el hogar laurel o romero cuyos vapores se expandían en aromáticas nubes.

El sol de invierno declinó temprano, cubriendo el pueblo de un fulgor brumoso. Por sus callejas estrechas, Marisa paseaba camino de la iglesia cuando oyó unas voces cercanas al abrevadero. Avanzó sigilosa hasta la primera esquina donde, asomando la cabeza, pudo distinguir a un grupo de vecinos al fondo del callejón socorriendo a un muchacho en los huesos, cuyas piernas ínfimas se negaban a sostenerlo. Una vez que el muchacho fue acogido en una de las casas, el grupo se disolvió y Marisa reemprendió el camino dando un rodeo que la llevó hasta el cuartel de la Guardia Civil, donde se detuvo unos minutos antes de reconducir el rumbo hacia la iglesia.

Tan pronto como el cura dejó ir en paz a los fieles, Marisa salió de la iglesia y apretó el paso. No se había acercado aún al abrevadero cuando empezó a distinguir unos llantos quebrando la oscuridad. Sus pies se aceleraron hacia el callejón, donde los mismos vecinos que habían recibido al muchacho lloraban ahora viéndolo partir a empujones delante del fusil de dos guardias civiles. Observó el cuerpo escuálido pegando tumbos. Puso el oído en los quejidos circundantes, en el paso inclemente de los guardias, en los jadeos sin fuerza del prófugo. Contempló la cara de este, blanca de debilidad, la mandíbula colgando inerte y la esperanza perdida en los ojos. Y, ensanchando la nariz cuanto pudo dar de sí, acogió en su pecho el olor de la muerte cercana.

La afanosa mujer volvió a frotarse con brío dentro del barreño. Lavó la ropa, se enfundó el camisón y cenó una patata hervida. Después, se metió en la cama y dedicó unos minutos a rezar mirando al techo para luego darse la vuelta y caer en un sueño profundo que duró hasta el canto del gallo. Con el nuevo amanecer, se hizo el moño a la primera y, luciendo cada pelo en su lugar, salió al patio para elegir la pieza que habría de sacrificar en un par de días con motivo de una boda y que, además, debía entregar desollada. Inspeccionó meticulosamente la conejera por la rejilla de alambre hasta detectar al más gordito, que movía los bigotes masticando una hoja de lechuga. Resuelta la selección, se sentó en la cocina y la emprendió a mordiscos con una rebanada de pan regada por un hilo de aceite, mientras pensaba en la matanza del conejo. Considerando la idea de invertir el orden de matanza y desollamiento, cortó una segunda rebanada y siguió comiendo con fruición.

Cántaro bajo el brazo, Marisa salió a buscar agua. Junto a la pequeña fuente de piedra, un muchacho sostenía un cubo a la espera de que otra aldeana llenara su barreño. Llegó tras ella Rebeca, segunda hija del panadero, que saludó con voz dulce y con una sonrisa en sus labios bien dibujados, mostrando un sano arco dental y dos hoyuelos en las mejillas. Cuando hubo terminado la aldeana del barreño, el joven se apresuró a ceder el turno a Rebeca y esta caminó con el cántaro apoyado en la cintura fina hasta situarse junto al chorro y ceder a su vez el turno a Marisa.

Posado con nerviosa rapidez nada más cruzar la puerta, el cántaro lleno se tambaleó derramando buena parte del contenido. Marisa se precipitó hacia el patio y buscó en la conejera el ejemplar que había seleccionado para el próximo sacrificio. Tardó un poco en distinguir su cuerpo cebado en medio de otros dos que, como él, se apretujaban acercando al bebedero sus hocicos. La mano se introdujo a través de la portezuela para agarrar las orejas del animal y, ejerciendo una presión contenida, hundió su nariz en el agua provocando la huida de los otros dos. Marisa observó cómo las patas de su víctima se batían asustadas levantando la paja del suelo. Fijó sus tímpanos en el jadeo húmedo que estallaba cada vez que le permitía levantar cabeza. Sintió en su mano el latido desesperado por debajo del pelaje, aguardó hasta percibir la muerte aproximándose y, en el momento en que esta se disponía a llevárselo rendido al borde de la inconsciencia, lo liberó.

De camino a la iglesia aquella tarde, Marisa se cruzó con Jacinto el herrador, un solterón como ella, de edad cercana a la suya. Más de una vez se había preguntado por qué estaba tan solo un hombre como aquel. No era feo, no era pobre ni era torpe. Más bien por el contrario, Jacinto conservaba llegando a su madurez la figura esbelta y la mirada limpia del chaval que había sido. No faltaban en el pueblo los chismes que asociaban tal misterio con la fidelidad de Jacinto a un viejo amor malogrado. Y, al verlo pasar esa tarde, Marisa, que no era amiga de conversaciones, quiso sin embargo consolar su orgullo malherido en la fuente entablando una charla con él. Pero cuando el herrador la vio venir con una mueca en la cara que intentaba ser sonrisa, cambió bruscamente el rumbo y se perdió veloz entre callejuelas.

Una vez más, Marisa se vio obligada a dar un ligero rodeo para llegar a la iglesia. La recibió en la puerta del cuartel el mismo guardia del día anterior, que la condujo ante el mismo oficial barrigón sentado en su despacho con la misma bandeja delante para la cena.

—Señor coronel —comenzó Marisa—, estoy bien segura de que ese renegado que les entregué estará recibiendo su justo castigo.

El hombre levantó apenas la mirada del chuletón que despedazaba.

—No ha sido necesario —respondió—. La vida se ha encargado sola.

Un silencio confuso puso de relieve el masticar vehemente y deglución de un bocado.

—Disculpe —dijo Marisa—, pero no le entiendo.

—Su propia enfermedad se lo llevó de madrugada.

—Dios se apiade de su alma —farfulló la mujer—. De todos modos, no estoy aquí por eso.

Un nuevo silencio, dramático esta vez, devolvió el protagonismo a la presión de los molares y la salivación.

—En este pueblo —continuó Marisa—, suceden cosas que no quiero ni nombrar. Actos pecaminosos, indignos de habitar el reino de Nuestro Señor.

El silencio se produjo pudoroso en esta ocasión.

—Si no me explica más… —dijo el coronel limpiándose el bigote para atacar su vasito de vino.

—Se trata de Jacinto, el herrador. Resulta que busca amistades con los de su mismo género. Y cuando digo «amistades», no me refiero a tomarse un vino como buen hijo varón de Dios. Creo que usted ya me entiende.

Negando con la cabeza, el oficial contempló un rosetón de patatas fritas ensartadas en el tenedor.

—Pues que a Jacinto lo frecuentan hombres, jóvenes mayormente, bajo el pretexto de aprender el oficio. Pero es evidente que en realidad… mantienen relaciones carnales.

—Gracias por la información —se despidió el coronel y, seguidamente, abrió sus fauces dando entrada al copioso bocado.

Las prisas azuzaron nuevamente al terminar la eucaristía. Logró llegar a tiempo de presenciar la marcha de Jacinto guiada por los guardias camino del cuartel. Aguzó el oído, la vista y el olfato, pero no pudo hallar en el aire una sola partícula de miseria ajena. Percibió en cambio el andar sereno del herrador, la dignidad hecha hombre, la eterna mirada limpia y el aliento sosegado. La entereza de su espíritu al desfilar frente a ella.

Arrodillada junto a la cama, Marisa rezó con fervor aferrada a su rosario y dando gracias por todo aquello que poseía. Su casa, su disciplina inquebrantable, su pan de cada día, los dos vestidos con las dos enaguas y la conejera con cada uno de los valiosos conejos que hacían la fuente de su sustento. El hedor procedente del patio la confortó en aquella noche turbulenta. Refrenó la idea de adelantar el sacrificio del rechoncho para mitigar su rabia, ya que la carne no aguantaría bien fresca de ese modo hasta la fecha de entrega. En vez de ello, siguió rezando y soportando el dolor de las rodillas plantadas en el suelo hasta que un correteo interrumpió sus oraciones.

A través del visillo, Marisa buscó en la penumbra bañada de luna el origen del alboroto. Detectó movimiento entre los matorrales y descubrió a la bella Rebeca abrazada al muchacho que le había cedido el paso en la fuente, los dos cuerpos fundidos en un beso apasionado. Contempló la escena sin pestañear, inconsciente de cómo el pulso se le aceleraba, las piernas le temblaban y la boca se le abría. Persiguió las manos inquietas aventurándose en fisionomía nueva y lamentó el instante en el que juntos partieron corriendo, llevándose con ellos el placer hasta algún otro rincón oculto. Concluido el espectáculo, Marisa se deslizó hasta la cama, recuperó el aliento y se quedó dormida.

Coronaba el astro rey su verde horizonte cuando Marisa abrió los ojos y se arrastró fuera de la cama. Hizo y deshizo su moño repetidas veces, sin obtener un resultado que se acercara mínimamente a la perfección. Después de sostener por última vez el espejo sobre su cabeza, bajó rendida los brazos y vio frente a ella su rostro reflejado. En ese momento, usó todas sus fuerzas para lanzar el espejo contra la pared fragmentando la réplica de su cuerpo, de sus mañanas y de su vida en mil pedazos afilados esparcidos por la habitación.

Con moño o sin moño tenía que salir. Lo rehizo a trompicones y, sin importarle ya cómo quedara, se dirigió al cuartel donde el hedonista oficial se atragantó con una magdalena al verla llegar.

—Confío, señor, en que estarán dando su merecido castigo al vicioso que les entregué.

Marisa aplacó el ímpetu de su propia respiración para escuchar bien los detalles.

—Tuvimos que soltarlo —dijo el coronel—. No había ninguna prueba.

La cara de la aldeana descompuso sus facciones al tiempo que se encendía de un tinte rosado.

—No he venido aquí por eso —el rosado crecía hacia el rojo—. Anda una por ahí… una mujerzuela que se ventila a todo macho que se le cruza. Ni casorios ni compromisos, una cualquiera, una fulana —el rojo se volvía púrpura—, ¡una puta que va revolcándose por las esquinas con todo el que se le acerca!

El coronel levantó una mano para hacerla callar mientras, con la otra, seguía mojando en el café. Pero Marisa, sepultada por su propio vómito de acusaciones, no pudo verlo.

—¡Guardias! —llamó el coronel—. ¡Enciérrenla!

—¡Pero si aún no le he dicho quién es! A ver si escuchamos un poco, cacho marrano tragón, ¿cómo quiere que la encierren antes de saber su nombre?

De camino hacia las celdas, Marisa tardó aún en comprender que no era a Rebeca a la que iban a encerrar. Cuando lo hizo, forcejeó, pataleó, maldijo a voces y dejó su cuerpo caer a plomo, de manera que los guardias la tuvieron que arrastrar.

—¡Os estáis equivocando, animales! ¡Yo soy de los vuestros! ¡Que soy de los vuestros!

El eco de sus gritos retumbó por todo el pueblo hasta pasado el mediodía. Y, a partir de ese momento, el aire se aligeró con una promesa de paz. Todos los lugareños salieron a admirar un cielo que irradiaba calma. Y escucharon cómo el viento repartía un fresco aroma esperanzador. Y sintieron crepitar un sol benigno en sus cabezas y aspiraron la esencia de vida que flotaba y germinaba suspendida en el silencio.

FIN

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