El tirachinas

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El gato saltó del alféizar. Qué bueno soy, se jactó Simón. Había acertado el tiro justo a medio palmo por debajo del animal que dormitaba en un rayo de sol, dejando en la fachada una muesca como prueba de su gran habilidad. Sus pies descalzos corrieron a casa levantando el polvo del camino. Su madre esperaba en la puerta.

—Siempre tarde, Simón, ¿qué fue lo que pasó esta vez?

El niño sintió deseos de narrar sus peripecias, pero supuso que a la madre no le harían pizca de gracia.

—Ni se te ocurra sentarte a la mesa hasta que no te hayas quitado de encima esa manta de tierra que llevas puesta.

Allí mismo, en la cocina, Simón se quitó la ropa y su madre le echó por encima una jarra de agua fría.

—Que no se te ocurra quejarte. Y esta tarde, saliendo de misa, vas a por agua. Que no va a haber en este mundo un manantial que nos alcance para traerte a ti limpio.

Volvió a ponerse la misma ropa sucia que su madre había sacudido por la ventana, una camisa con más remiendos que botones y un pantalón con los bolsillos deformados de tanto meterles piedras y que Simón se ajustaba a la cintura con ayuda de una cuerda. Su madre lo miró y dejó escapar una sonrisa. Seguía teniendo la cara sucia, pero era guapo como ninguno.

El niño se sentó a la mesa dejando el tirachinas a un lado, junto a la cuchara. Sentado a la izquierda, su padre levantó la cara del libro que sostenía.

—Ya era hora, «chispa». ¿Qué te demoró esta vez?

Simón miró de reojo el tirachinas con un gesto de orgullo que cantaba sus gestas. El padre le sonrió con otro gesto que celebraba su buen hacer en la fabricación del arma.

—¿Cómo te las arreglas para traer contigo toda la tierra de San Fausto? —dijo sacudiendo entre sus dedos el cabello oscuro del pequeño.

Si había un motivo por el que a Simón le fascinaba servir como monaguillo era por esa cercanía con los objetos raros y santificados que la iglesia custodiaba. Todo resplandecía en el misterio de las sombras, nada se tocaba porque sí ni de cualquier manera sino con la más solemne delicadeza. Y nada de lo que allí había podía tocarlo cualquiera. Simón se lavaba en la sacristía para hacerse digno de servir a Dios, se ponía el alba inmaculada y se calzaba los zapatos que el padre Camilo le había comprado con el fin de que rindiera un adecuado honor a sus labores. Perseguía hasta el altar el vaivén colorido de la casulla del párroco y la luz que, reflejada en su calva, emulaba una especie de halo sagrado. Después, aguardaba para ejecutar los rituales de su obediente cometido.

Aquella tarde, tras la misa, don Camilo hizo un gesto a la madre de Simón para que acudiera a la sacristía. Después de quitarse las vestiduras litúrgicas, sacó una lata de barquillos y sirvió dos copas de jerez. Simón observaba fijamente el contenido de la lata.

—Puedes coger —invitó el párroco.

El niño cogió un barquillo.

—¿Nada más? —sonrió don Camilo.

No era una sonrisa cándida ni bonachona pese al marco de mofletes regalados y papada mullida. Era una sonrisa calibrada que se activaba en momentos precisos y a la que el resto de la cara no acompañaba con movimientos acordes. Tan solo la boca se arqueaba lo justo para marcar la diferencia con su grave posición habitual, a la que volvía a acoplarse pasados unos segundos.

Simón miró a su madre y esta asintió con la cabeza. Entonces, se atrevió a coger algunos barquillos más.

—¿Quieres subir al campanario? —le ofreció el cura—. La reja está abierta.

Los ojos del pequeño se abrieron de entusiasmo. En un primer impulso, se echó a correr hacia la puerta de la sacristía. Recordó entonces dónde estaba, ese lugar en el que todo sucede con parsimonia ceremoniosa, y frenó la carrera convirtiéndola en un comedido paseo hacia el altar que logró mantener aún por delante del confesionario y que, llegando a la pila de agua bendita, fue volviendo a acelerarse. Una vez en los soportales, se lanzó a cruzar la verja para adentrarse en el ascenso oscuro y rizado que llevaba hasta las campanas.

Sentada con las manos en el regazo, Teresa escuchó lo que el párroco tenía que decirle. De vez en cuando, tomaba un sorbo de la copa por no hacer el feo de dejarla llena. Con los barquillos, no se atrevió. Don Camilo habló de la alegría con que la santa madre Iglesia acogía en su seno a los niños como Simón. Pasó luego a proclamar los beneficios que la Iglesia podía aportarle si elegía seguir la llamada del Señor, desde la conveniente disciplina y rectitud moral hasta las comodidades que satisfacen los menesteres humanos. Cuando el cura la miró de arriba abajo, Teresa no albergó dudas de que el santo varón no se estaba refiriendo a los bajos apetitos que no se atribuyen a un clérigo. Su mirada se quedaba más arriba, en el vestido rancio heredado de la madre y quién sabía si esta, a su vez, de la abuela; en las manos callosas y secas de labrar; en el pellejo que envolvía sin más embalajes las canillas pegadas en recatado decoro. En todo aquello que anunciaba escasez donde la Iglesia gozaba de sustento.

Desde arriba, mientras, los ojos vivarachos de Simón saltaban por la plaza bordeada de tejados, por los cultivos cruzados de acequias y, más allá todavía, por entre las colinas y sobre los bosques que abrigaban a lo lejos la montaña. Podría haberse quedado horas y horas al pie del paredón con sus dos vanos y campanas, estirándose sobre el hierro de la barandilla para alcanzar a ver más allá, divisando el aleteo de los cuervos, al rebaño en su regreso, las mulas tirando del carro y hasta el eco de sus propios pasos correteando bajo el cielo anaranjado que envolvía el campo con la luz menguante del crepúsculo. Pero la voz de su madre lo arrancó de vuelta por las escaleras hasta la verja, donde el cura pronunciaría la última frase de su sermón privado: «Dile a tu marido que se deje ver los domingos».

Apenas llegaron a casa, Simón cogió el barreño de zinc y salió a por agua. Teresa aprovechó el momento a solas con su marido para reproducir las palabras del cura. El niño tendría la vida asegurada. Y no una vida cualquiera, no le faltaría nada. Era una suerte que el párroco se hubiera fijado precisamente en él. Aunque también era lógico, siendo Simón un niño tan bueno.

—Además, Martín, si la guerra acaba mal…

—No digas tonterías.

—El niño estaría bien y a lo mejor nosotros, de paso, también. Muy merecedor tiene que ser mi niño, que don Camilo lo elige a pesar de ti. Ha dicho que vayas a misa, ¿tanto te cuesta? No ayudas, Martín. Vete a la dichosa misa y luego haz lo que te dé la gana.

Simón entró con el barreño rebosando sobre la cabeza, los brazos extendidos uno a cada lado para sostenerlo, las piernas de alambre firmes aguantando el peso. Su padre lo miró con orgullo.

—Nuestro niño vale mucho. No necesita que nadie lo ayude.

El pequeño sonrió, si bien el cumplido no hizo que rechazara las manos de su madre para bajar el barreño al suelo.

Mientras Martín se aseaba, Teresa fue calentando un guiso de repollo. El pequeño puso la mesa y los tres se sentaron a cenar, cada uno con la cabeza en sus cosas. Transcurrido un rato, la voz de Martín puso fin al silencio.

—Oye, «chispa», ¿por qué sirves de monaguillo?

La mente de Simón abandonó el campanario. Menudos lanzamientos se podrían hacer desde allí con el tirachinas.

—Don Camilo es bueno conmigo. Me paga el real, me deja lavarme con agua caliente…

Durante un rato más, volvió a escucharse solamente el ruido de las cucharas y Simón regresó al campanario. ¿Qué distancia lograría alcanzar desde allí con sus tiros? Daba igual. El cura tenía la verja cerrada y, aunque le permitiera subir, nunca aprobaría lo del tirachinas.

—No quiero que vuelvas —dijo Martín.

Simón y Teresa miraron al padre, se miraron entre ellos y volvieron a mirarlo.

—No lo dirás en serio —protestó Teresa.

—Yo mismo se lo comunico mañana al cura.

Y, con esto, Martín abrió su libro dando el asunto por zanjado.

Escondido tras la noche, Simón lloró en su cama. No se había quejado ante la decisión. No la había cuestionado, por mucho que no la entendiera y a pesar de la renuncia a los encantos con que la iglesia lo fascinaba y que a su padre no le iban a importar. Quiso esperar a que Martín saliera de casa y, aun después de que lo oyó coger el zurrón y cerrar la puerta, no tuvo ánimos para saltar de la cama. La madre se asomó al pequeño y único dormitorio, se sentó junto al niño y, con los dedos, le peinó el cabello.

—Hijo, ¿tanta pena tienes?

Simón miró a su madre y asintió con la cabeza.

—Entonces, hijo mío, es que has sentido la llamada de Dios, ¿no es así?

Simón asintió de nuevo, pero esta vez sin mirar. No estaba muy seguro de lo que su madre quería decir.

—¿Cómo lo sabes, Simón? Cuéntamelo.

—Me gusta estar en la iglesia. Tiene cosas muy bonitas que no se ven en ningún otro lado.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo, el tabernáculo, que está hecho de oro, y es tan especial que solo don Camilo está autorizado para abrirlo.

Teresa contempló el cuartucho con las paredes desnudas, donde el completo del mobiliario lo formaban dos camas estrechas sin cabecera y una banqueta para sostener la ropa de los domingos.

—¿Qué más?

—El cáliz de plata siempre tiene que estar reluciente, y lo mismo con la patena. Y también están las casullas bordadas de don Camilo. Tiene seis, ¿sabes, mamá? Cada una de un color y todos muy alegres.

Teresa siguió escuchando hasta que el pequeño terminó de enumerar las maravillas que se escondían tras los muros de la iglesia. Después, lo estrechó en sus brazos.

—No te preocupes —le dijo—. Ya se te pasará.

Caía la tarde cuando Simón se animó a pasar por delante de la iglesia después de sus andanzas con el tirachinas. Bajó la cara avergonzado al ver a don Camilo con las llaves, debajo del soportal. La boca del cura se arqueó hacia abajo como única respuesta al breve encuentro de extramuros. En ese momento, el ruido de un camión militar irrumpió en la plaza.

Tres hombres uniformados saltaron fuera del camión. Uno de ellos se dirigió corriendo al párroco, con quien intercambió unas cuantas palabras. Don Camilo asintió vehemente y se apresuró a entrar en la iglesia mientras los soldados regresaban a la plaza y montaban guardia junto al camión. La verja que daba al campanario se había quedado abierta.

Simón corría escaleras arriba cuando el sonido de las campanas le salió al encuentro, viniéndosele encima desde la espiral de piedra. Ya encaramado en lo alto, contempló de cerca el arrebato ensordecedor de las campanas y se miró los pies, descalzos y sucios, como si bajo estos pudiera ver al cura tirando de la cuerda hasta la asfixia. Comenzó a llegar una corriente ramificada de aldeanos que confluían en la plaza. El pueblo entero acudía veloz a la llamada del párroco.

Al cese de las campanadas, Simón vio la figura redonda de don Camilo saliendo de la iglesia, un remolino de faldones negros coronado por la calva brillante. Vio también a su madre mirando inquieta a todos lados. Estuvo tentado a llamarla, pero ¿qué pensarían todos al verlo allí subido? La figura redonda y negra del cura agitaba los brazos señalando junto a los militares, como un cuervo bate sus alas por encima de los sembrados. Uno de los hombres uniformados caminó hacia el gentío y apuntó con su fusil al padre de Simón que, siguiendo las órdenes, se apartó para colocarse de espaldas a la iglesia bajo el murmullo sobrecogido del pueblo. Teresa dejó escapar un grito y, mordiéndose un puño, volvió a buscar entre la gente. Simón agitó los brazos, pero nadie lo veía. ¿Qué hacían todos esos idiotas ahí mirando? ¿Por qué nadie decía nada? El soldado asestó un golpe de fusil tras las rodillas de Martín y, cuando este cayó al suelo, le dio otro golpe en la frente que lo dejó tumbado. Antes de que hubiera cruzado la plaza para posicionarse frente a él y apuntarlo con el arma, Martín ya se había alzado erguido mirándolo de frente. Las manos de Simón temblaron buscando piedras en los bolsillos. Puso una, puntiaguda, en la almohadilla del tirachinas y fijó su objetivo en el soldado del fusil. Sintió alejarse en el aire su correteo infantil, caído como vaina desecada que descubría al hombre y lo llamaba a cumplir como tal. Entonces, dejó de temblar. Tensó la goma cuanto pudo y afinó el blanco sobre uno de los ojos del soldado. La distancia era considerable. Nunca había tirado tan lejos. Pero no iba a quedarse quieto viendo morir a su padre.

El soldado dejó caer su fusil y se llevó las manos a la cara con un alarido animal. Antes de que los otros dos alzaran sus armas hacia Martín, el niño ya estaba lanzando una segunda piedra que dejaba tuerto a otro de ellos y que hizo que el tercero lo divisara en lo alto del campanario. Se oyó de nuevo el grito desgarrado de Teresa. El tercer soldado apuntó a Simón con su fusil, pero el niño se le había adelantado. Empezaron a tropezarse los tres, unos contra otros, caminando desbocados, gritando maldiciones, tirándose al suelo cegados por la sangre. Martín volvió la cara y soltó un gemido de orgullo. En lo alto del campanario, su hijo alzaba los brazos en señal de victoria.

Los soldados se habían convertido en inquietos blancos móviles, difíciles de alcanzar. En el momento en que su padre y algunos vecinos más se acercaron a ellos, Simón desistió en su intención de aprovechar las piedras que aún le quedaban. Martín y los demás se encargarían de acabar, haciéndose con los fusiles y disparando tres tiros limpios que pusieron fin al dolor de los tres soldados y a la amenaza que habían traído consigo.

Por encima del silencio estremecido del pueblo, Simón escuchó unos pasos retumbando en la escalera. Mientras, los cuerpos inertes de los soldados eran cargados en el mismo camión que los había traído. Vio a su madre arrodillada en el suelo, alzando sus ojos hacia la torre, y oyó mezclarse con las pisadas que se acercaban la voz ahogada de don Camilo pronunciando palabras que no hubieran cabido en ningún sermón de misa. Se preguntó cómo de severo habría de ser el castigo. Con un clérigo no podía enfrentarse. Las pisadas caían macizas, cada vez más lentas y dificultosas hasta que, de pronto, retumbaron fuertes y, acto seguido, dejaron de oírse.

Simón continuó esperando hasta que vio a su padre hacerle un gesto para que bajara. Se asomó al túnel rizado que los separaba y emprendió el descenso con cautela. Si don Camilo se había parado a tomar resuello, ¿por qué no se escuchaban sus jadeos? A medida que bajaba, fue ganando confianza. No se detectaba ningún rastro del cura. Seguramente, agotado, había decidido dar la vuelta. Pero, al llegar más abajo, el niño se topó de frente con las suelas levantadas de un par de zapatos negros. El bajo desgarrado de la sotana se había vuelto hacia arriba, tapando la cara de don Camilo y dejando expuesta una corriente indumentaria. Simón contuvo el aliento y estiró las piernas cuanto pudo para saltar por encima. Después, cruzó la plaza y voló a los brazos de su madre.

Vecinos y vecinas regresaron provistos con mantas y zurrones de comida. Martín miró al pequeño y este comprendió.

—Llévame contigo —pidió Simón.

El padre se agachó y el niño hundió la cara en su pecho.

—Cuida mucho de mamá.

Persiguió el crujir de las ruedas machacando la tierra al paso del camión, que un grupo de hombres empujó hasta la falda de la montaña. Una vez allí, lo vio rodar a vueltas de campana por la ladera con los tres militares dentro, levantando una polvareda que nubló la despedida. Dos surcos mojados cruzaron el polvo en las mejillas de Simón al contemplar cómo su padre y algunos otros, zurrón y manta a la espalda, eran engullidos hacia el interior del bosque y este, a su vez, por la noche. En su mente desfilaron las pedradas en los ojos, la culata en las rodillas, el olor de la muerte al acecho, la angustia materna en un grito, las casullas coloridas y el pantalón bajo la sotana, la silla vacía en la casa, la niñez que se extinguía y las palabras a su padre, murmuradas desde lejos: «Iré a buscarte, papá; te lo prometo».

FIN

Una respuesta a «El tirachinas»

  1. Avatar de Andy Calen

    Me encantó la metáfora del tirachinas; tiene ese aire de nostalgia, pero también de la tensión necesaria antes de lanzar algo con fuerza hacia el futuro. A veces, la vida nos pone en esa posición: tensar la cuerda y decidir hacia dónde queremos apuntar realmente.

    Me hizo pensar mucho en mi protagonista, Ema. Ella pasó mucho tiempo sintiéndose como el proyectil en manos ajenas, dejando que otros dirigieran su puntería. Pero en el Capítulo 15, decide que ella es quien sostiene el mando de su vida. Se nombra la ‘autora de su propio lienzo’ y, como quien suelta el tirachinas con seguridad, empieza a trazar su propio camino sin miedo al impacto.

    Si te gusta explorar esos momentos en los que tomamos impulso para cambiar nuestra historia, te invito a leer su evolución en mi blog. ¡Un saludo y gracias por este relato tan evocador! https://andycalen.wordpress.com/2026/02/17/cap-15-la-autora-del-lienzo/

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