Embutido en literas con otros setenta, Ramón escuchaba el silencio ahogado de la noche hasta caer dormido. Algunos, como él, eran casi unos niños. Otros eran hombres consumados. Los unos y los otros se rendían al cansancio sin atreverse a roncar.
Con el toque de diana, Ramón esperaba a que salieran aquellos entre cuyos cuerpos el suyo se apretaba durante la noche. Después, estiraba bien los músculos antes de escurrirse fuera. Las camas del barracón le habían hecho pensar, al principio, en una granja de pollos enjaulados. Al cabo de los meses, Ramón envidiaba a los pollos que, con jaula y todo, tenían más sitio para moverse y no sabían lo que era el hambre. Se hubiera cambiado sin dudarlo por uno de ellos.
Sus esperanzas se habían nutrido de incredulidad en los primeros días. Todo aquello no podía estar pasando. Muy pronto ocurriría un giro que devolvería todo a su verdadero sitio. Las dos primeras noches no había conciliado el sueño y, como resultado, su bajo rendimiento en los trabajos le había brindado a cambio una paliza soberana. La tercera noche sí había dormido, vencido por el cansancio y por la idea de que más le valía dormir si no quería repetir la experiencia. Una pesadilla lo había despertado bruscamente en aquella noche memorable y, al querer incorporarse, se había dado en la cabeza un tremendo porrazo contra el techo de la litera. Uno de los presos tumbados junto a él le había dado unas palmadas en el hombro susurrando: «No hagas ruido, porque te revientan». Desde entonces, a Ramón no volvió a olvidársele dónde estaba.
Aquella mañana, como las demás, acarició la lata que escondía bajo el pantalón doblado por las noches y la ocultó bajo la manta justo antes de mezclarse con el flujo de reclusos dispuestos a hacer filas en el patio central. Cuando pasaron lista, echaron en falta a Francisco Cáceres y a Pepe el «Chusco». Cantaron el Cara al sol y, una vez que don Ginés fue requerido para certificar las muertes de Fran y del Chusco, desayunaron un agua negra con cuatro fideos y un pellizco de pan reblandecido, a la que llamaban «sopa».
Caminaban siete kilómetros hasta el emplazamiento. Para cuando habían llegado, la «sopa» estaba más que digerida y el ruido del estómago se mezclaba con el del pico en la piedra. Eran muchos los pensamientos que asaltaban a Ramón en su mecánica rutina. De no haber tenido la obligación de moverse, el frío habría devorado su cuerpo malnutrido a través de la fina chaqueta. Pensaba con frecuencia en lo fácil que sería levantar el pico y asestarle al Minas un golpe en el cogote por la espalda. Lo pensó hasta cuatro veces aquella mañana en la que, viendo que ninguno de los presos flaqueaba, el Minas se dedicó a darles con el fusil en las rodillas mientras pasaba y, a cada uno que caía, lo convertía en blanco de pedradas a grito de «maricón». Ramón solía pensar también que no estaba seguro de si el Minas era feo o si solo se lo parecía a él por la forma monstruosa en que los trataba. Su nariz era afilada, la barbilla partida en el medio, y sus ojos se bañaban de un azul como un océano vacío. Se había preguntado, a su llegada al campo, por qué lo llamaban «el Minas», pero pronto comprendería que una de sus principales aficiones consistía en hacer caminar a los presos y dispararles en los pies si pisaban ciertos puntos que, según decía, había planificado mentalmente como erróneos. Ninguno de ellos salía jamás victorioso del macabro juego. Ramón también pensaba, cada día, que las patas de alambre del Minas no hubieran aguantado ni media hora cargando piedra.
De regreso al campo, los pensamientos de Ramón solían caminar tras él. Entonces, lo que se decía era que el día menos pensado no iba a aguantarse sin echar mano al bocadillo en papel de estraza que dejaban para el guardia de turno en la base de la torre de vigilancia. Por eso, después de pasar por los lavaderos a higienizarse, corría al barracón y, con las manos llenas de llagas, palpaba de nuevo su lata para amarrarse a la sensatez.
Era una lata grande, con 850 gramos de anchoas en aceite, que usaba además como almohada acoplándole encima su pantalón doblado. Guardaba junto a ella dos piedras arrancadas a golpe de pico y apartadas con disimulo, una afilada, para perforar la tapa llegado el momento, y una roma que empuñaría para golpear la primera. En estas se hallaba Ramón, palpando su estimada lata, la tarde en que se vio sorprendido por don Ginés quien, recostado en las literas de enfrente, hojeaba una antigua publicación sobre medicina a través de sus gafas para ver de cerca.
—No suena bien esa lata —dijo el médico.
Ramón se levantó de golpe en su nicho repitiendo la torpeza del cabezazo.
—Estoy dispuesto a compartirla si no se lo dice a nadie —susurró.
—Ni loco me comería yo eso. ¿Has oído ese clic-clac que hace cuando la aprietas? Pues no anuncia nada bueno.
La mente de Ramón no quiso comprender. Don Ginés rechazaba comer de la lata porque no le hacía falta. No solo se libraba de los trabajos forzados por su utilidad al régimen y no solo le asignaban en la litera el triple de espacio que al resto; además, su dieta se completaba con alimentos que los demás no podían ni siquiera oler, delicias tales como tomates o naranjas y, en ocasiones, hasta chocolate. Su piel no se vestía del fúnebre color ceniza que impregnaba las demás, ni exhibía con transparencia el esqueleto de debajo.
—Clostridium botulinum —reveló don Ginés—. Sea lo que sea lo que hay en esa lata, deshazte de ello, hijo. Te llevará directo a la tumba.
Ramón se pasó la noche dando vueltas a las palabras del médico. Aquello que escondía bajo la manta era algo más que una lata de anchoas. Cada día tomaba la decisión de no abrirla, de esperar un poco más, hasta que sus fuerzas se vieran verdaderamente al límite, o quizás con motivo de alguna ocasión que celebrar. Podía ser su cumpleaños, podía ser la Nochebuena. Palparla cada día lo reconfortaba, había significado durante meses una ilusión en un mundo hostil, una esperanza a la que aferrarse, un objetivo por el que vivir. Y don Ginés se lo había cargado.
La noche en vela pasó factura al día siguiente. La sonrisa regalada del Minas cada vez que veía caer a alguno de los presos fue la chispa que encendió las fuerzas en donde no había más que un hálito débil para seguir trabajando. Ramón se preguntaba cómo sería esa muerte segura que don Ginés garantizaba si comía de la lata. ¿Sería lenta y dolorosa? ¿O sería, por el contrario, un derribo fulminante con pasaje rápido al otro lado? Porque, si acaso se trataba de lo último, siempre sería mejor una muerte feliz tras hartarse a paladear el pescado bañado en aceite que la inanición, la tuberculosis o un disparo en la cabeza? ¿Cambiaría mucho el sabor con ese mal que padecían sus anchoas? Muy podridas habrían de estar para causarle algún rechazo en el paladar después de las porquerías que había llegado a tragarse en aquel lugar.
De regreso en el campo, Ramón no pudo evitar, mientras se aseaba en los lavaderos, que los ojos se le fueran varias veces al bocadillo de la torre. Alzó la vista para comprobar si el vigilante perdía de perspectiva su cena, depositada en uno de los travesaños que unían los cuatro postes por la base de la torre. Sin embargo, tuvo la sensación de que el vigilante no solo tenía un ojo puesto en el bocadillo sino que también se había percatado del interés que despertaba en el reo y hasta dirigía una mueca de burla hacia su triste deseo inalcanzable.
Ramón no halló consuelo aquella tarde palpando su lata. Quería ver a don Ginés y hacerle todas las preguntas que había estado rumiando mientras picaba piedra. Pero el médico no se encontraba en el barracón. Merodeó cerca de la enfermería esperando a que saliera, recordando cómo al principio, al enterarse de la existencia de un puesto de atención médica, había creído encontrar algo de humanidad en aquel encierro inhóspito. Comprendería enseguida, viendo arrojar a los moribundos al montón de los ya fallecidos, que la enfermería no era otra cosa más que un mero taller de reparación para mano de obra y carne de castigo.
Persiguió a don Ginés de camino al barracón. El médico escuchó atento y, ya sentado en su litera, pronunció un relato nada alentador sobre la agonía por botulismo que incluía vómitos y diarrea, visión doble, parálisis y asfixia. Ramón sacó su lata de debajo de la manta y la sostuvo entre las manos. Tenía un aspecto lindo, de color amarillo y rojo, con un barco pesquero pintado. Nadie alrededor concedió gran importancia a la revelación. Se escuchó, por el contrario, algún comentario tragando saliva, clavando los ojos y apartándolos de nuevo, referente a la sed que daban las anchoas teniendo en cuenta, sobre todo, el agua escasa que les era suministrada.
—Lo malo no es la sed —dijo el médico alzando la voz—. Esa lata está contaminada por una bacteria letal. Provoca una muerte lenta y despiadada. Sobre todo en un lugar como este. Con una buena atención hospitalaria los síntomas se aliviarían en parte, e incluso habría posibilidades de salvarse. Pero, aquí dentro, sería imposible, metéoslo bien en la cabeza.
Con un aire melancólico, Ramón presionó la tapa abombada repetidas veces, provocando ese ruido que al médico le sonaba tan mal.
—¿Pasa algo si la huelo?
Don Ginés sonrió tristemente y negó con la cabeza. Ramón agarró las piedras, aplicó la puntiaguda sobre la tapa y propinó varios golpes con la roma, practicando una incisión en un extremo. Acercó la nariz y no percibió ningún olor. Practicó entonces la misma apertura por el otro extremo, de modo que el aceite se asomó a la superficie. El olor subió esta vez sin necesidad de acercarse y no resultó ser un olor desagradable, sino todo lo contrario.
Ramón se consoló en la escudilla mediada apenas con cuatro lentejas bailando en un agua negruzca que le sirvieron para cenar. Tan pronto como la vació, alguien se la quitó de las manos y la remplazó por una nueva ración. Ramón alzó la vista y se encontró con uno de los hombres que dormían a su lado.
—Hoy no tengo hambre —le dijo con un gesto paternal.
El muchacho se ventiló la segunda escudilla y, ya en las literas, siguió buscando consuelo en el aroma que desprendían las ranuras de su lata y que se fundía en el vaho blanquecino que las bocas exhalaban. ¿Y si el médico se equivocaba? ¿Cómo podría hacer daño un alimento que olía tan bien?
Picando piedra al día siguiente, las piernas del muchacho flaquearon más que nunca. Oyó pisadas fuertes y aceleradas acercándose por detrás al olor de la debilidad y enderezó la postura de manera que el Minas pasó finalmente de largo. Alzando la mirada, lo vio seleccionar a los de aspecto más acabado para darles orden de dejar el pico y pasar a trasladar los cestos cargados. ¡Qué fácil le hubiera resultado en ese momento desnucarlo de una pedrada!
De vuelta en los barracones, Ramón se esforzó más que nunca por no mirar el bocadillo del vigilante. Buscó ayuda en el agua helada del lavadero para desviar su atención. Apretó el paso fijándose entre ceja y ceja el calor de la manta que le aguardaba en su litera y el del agua con tropezones que pronto caería en su estómago. En ningún momento sintió que tomaba otra decisión que no fuera la de llegar al barracón; fueron sus piernas las que se agacharon solas y fue su mano la que rápidamente agarró por su cuenta el bocadillo camuflándolo bajo la chaqueta que llevaba colgando del brazo tras asearse.
Hallando libres las literas más próximas a la puerta, Ramón no perdió tiempo antes de recostarse dando la espalda y retirar el papel de estraza. Quedó al descubierto un trozo de pan generoso, casi media barra, desde cuyo interior asomaban jugosas lonchas de jamón serrano. ¿Qué has hecho?, se dijo al momento, sabrán que fuiste tú. Pensó que si tan solo se tomaba una loncha y devolvía el resto a su lugar, nadie tendría por qué enterarse. Levantó el pan y así lo hizo. Pero el sabor de aquella loncha fustigó sus entrañas haciendo que engullera con ansia todo el relleno sin tiempo de masticar, de manera que una gruesa guirnalda de jamón se le quedó parada en mitad de la garganta. Después de varios cabezazos contra el techo de la litera, se levantó haciendo espavientos hasta que la tira salió despedida. Recogió el amasijo del suelo, bajo alguna mirada curiosa, y empezó a maldecir en voz baja. Con movimientos nerviosos de sus manos, trató de recomponer la disposición del jamón en el pan. ¿Se notaría en el sabor su aliento sucio? Por si acaso fuera así, arrimó la lata de anchoas y derramó un chorro de aceite que disfrazara la huella.
Con el bocadillo bajo la chaqueta y una tiritona en las piernas, el chico pasó de nuevo junto a la torre y, haciendo uso de la misma prontitud con la que había cogido la cena del guardia, la devolvió a su lugar. Unos minutos más tarde, presenció con disimulo cómo el guardia bajaba por la escalera de mano, se hacía con el bocadillo, le dedicaba una sonrisa desdeñosa, subía otra vez a su torre y la emprendía a dentelladas con alta satisfacción.
Esa noche, la esperanza regresó. El vigilante se había zampado el bocadillo y no le había pasado nada. Don Ginés se equivocaba. Ramón calculó cuántos días podría estirar su ilusión renacida. El frío ayudaba sin duda a conservar las anchoas en su lata abierta. Bajo esta nueva perspectiva y recreando en su mente el instante glorioso en el que pudo saborear el jamón serrano, fue cayendo en un sueño reconfortante sobre el lecho duro.
El trabajo de aquel día discurrió al amparo del ánimo que proporcionaba la idea del banquete. Había decidido que cinco noches al fresco eran un plazo prudente para liquidarse las anchoas. Tratándose de una lata grande podía dividir el contenido en varios días, de modo que el festín comenzaría probablemente esa misma tarde. Después, tendría que encontrar un nuevo objetivo del que sacar fuerzas. Pero ese día, por lo pronto, ni siquiera el Minas se le antojó tan feo como de costumbre.
Tampoco sintió ese día la necesidad de mirar el bocadillo del vigilante, aunque sí lo miró a él, sin importarle las burlas. Al fin y al cabo, ese imbécil se había zampado sin saberlo el jamón que él mismo había escupido y tirado por el suelo. Sin embargo, no habría burlas en aquella ocasión. En lugar de eso, el vigilante se apoyó en el pasamanos y dejó caer desde lo alto una larga y abundante vomitona. A continuación, caminó sin soltar apoyo hasta la escalera y se apresuró a bajar. Pero tan pronto como pisó el primer peldaño, perdió el equilibrio y se estampó contra el suelo.
Todos corrieron a reunirse en torno al guardia que yacía boca arriba, apestando a las heces líquidas que empapaban su pantalón. Un pensamiento sobrevoló la escena: le dio un apretón y pisó mal en la carrera. Nadie se hubiera atrevido a reírse. Aun así, agarraron a dos de los presos y los molieron a patadas entre cinco, por si a alguien se le ocurría hacerlo.
Ni el cansancio de todas las jornadas acumuladas hizo que Ramón pudiera dormir aquella noche. De nuevo, cambio de planes. O tal vez no. Tal vez prefería terminar por fin con sus miserias empachándose de anchoas. Estaba además el peso de la muerte del vigilante, con la que no sabía si alegrarse o preocuparse. A través de la penumbra débilmente iluminada por los ventanucos, percibió el brillo de las gafas del médico, también en vigilia. Estaba seguro de que don Ginés no había mentido cuando constató que la muerte había sido provocada por la caída. Pero, sin duda también, el médico sabía que había algo más. ¿Qué pasaría si decidían interrogarlo? No era don Ginés un adepto al régimen, pero era un hombre de principios. ¿Cómo, si no, habría de terminar allí un señor de su posición?
El trabajo en la cantera podría haber ayudado a Ramón a descargar su inquietud. Pero no se trabajaba los domingos. Cedió su escudilla del almuerzo al compañero que, días atrás, le había cedido la suya. Había decidido que no la necesitaba. Entró en el barracón, terminó de abrir la lata y, llevándola consigo, se sentó en el suelo del patio junto a los demás. Se detuvo durante el instante preciso para despedirse del mundo. No del negro y pestilente que encerraban fusiles y muros, sino del que había fuera, con sus prados y caminos infinitos que ya no lo llevarían a ninguna parte. Contempló la lata abierta, los filetes menudos y brillantes, trenzados unos con otros formando la primera capa de varias, y se dispuso a hundir los dedos. En ese momento, unas piernas flacas en uniforme militar se pararon junto a él. Ramón alzó la vista y se encontró la mirada vacía del Minas enmarcada en un gesto socarrón. Partículas babosas salieron despedidas con su voz.
—¡Hombre, mira qué bien! ¿Es tu cumpleaños?
Aún estaba Ramón negando con la cabeza cuando el Minas le quitó la lata de las manos.
—El pan lo pongo yo —dijo riendo mientras se alejaba, camino de la cocina.
Mirando alrededor, Ramón se encontró las caras de sus compañeros observándolo a él de vuelta, ocultando bajo un aire grave cierto guiño cómplice y fugaz.
Al contrario de lo que muchos esperaban, el Minas salió con ellos al día siguiente como de costumbre. Pero iba muy callado y no llevaba buena cara. Trabajaron sin atreverse a apartar la vista del pico hasta que uno de los presos cayó arrodillado por la fatiga. Ramón y otros dos tuvieron tiempo de ayudarlo a levantarse y regresar a la faena antes de que nadie se acercara a castigarlo. Fue entonces cuando se atrevieron a buscar al Minas. Lo divisaron postrado junto a un montón de piedras, con la cara empapada en sudor. Al ver cómo lo miraban, el Minas se incorporó y caminó apresurado hacia ellos. Pero, a mitad del camino, se encogió de nuevo sujetándose la barriga. Se oyeron sonidos inequívocos por debajo de su chaquetón, justo antes de que los pantalones empezaran a teñirse del líquido oscuro que bajaba chorreando por sus piernas. Otro guardia corrió a remplazarlo mientras se lo llevaban hasta un camión para trasladarlo de vuelta al campo.
La jornada se dio por concluida antes de lo habitual. Al entrar en el campo, un oficial les salió al encuentro. Tenía los párpados caídos y su rostro carecía de expresión. Su mirada no apuntaba hacia ningún lugar concreto. Cuando ya se encontraba tan solo a unos pocos metros de ellos, empezó a tambalearse agitando las manos en el aire como si buscase apoyo y terminó cayendo de narices al suelo.
Don Ginés pasó raudo del dormitorio del teniente a la enfermería, donde habían ingresado al Minas junto con otros cuatro guardias. Los altos cargos, explicó el médico, estaban siendo atendidos en sus habitaciones. Uno tras uno fueron cayendo. En su trayecto a las letrinas o a la enfermería, algunos se quedaban tirados entre vómitos y balbuceos, pereciendo lentamente. Más de la mitad no llegaría a ver tan siquiera el nuevo amanecer.
En medio de una quietud desconfiada, Ramón se hizo con las llaves en la garita y abrió las grandes puertas de forja para presenciar cómo sus compañeros iban saliendo despacio, frenados por un temor silencioso. Don Ginés acudió al dormitorio del teniente, le aplicó una compresa fría sobre los ojos cerrados y le tomó el pulso.
—Es solo indigestión —murmuró—. Pronto se pasará.
Le acercó a los labios un vaso de agua y dejó que tomara unos sorbos. Después, se dirigió al barracón y cogió de su litera un saco con sus pertenencias.
Ramón lo vio acercarse con el saco al hombro. Cuando pasó por su lado, el médico interceptó su mirada.
—Adiós —dijo Ramón—. Y gracias por todo.
Don Ginés siguió caminando sin responder, a la cola del éxodo callado que cada vez aligeraba más el paso. Cuando estuvieron lejos, Ramón emprendió también el camino. Anduvo primero en silencio, mirando al suelo. Después, elevó su mirada brillante al horizonte y, por primera vez en ocho meses, volvió a sonreír. Sus pasos se hicieron ligeros y vigorosos con la fuerza del optimismo. La vida volvía a empezar.
FIN
Clarisa de la Vega Gómez


Deja un comentario