Esperando a los chicos

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Burgundy armchair with woven blanket beside a bookshelf and window

Hilamos la sobremesa con la merienda, enganchados a un largometraje de aventuras. Saúl está quieto y callado, tan raro en él, sus ojillos vivarachos, siempre absorbiendo la vida en un continuo aprendizaje, clavados en la pantalla tras los enredos de dos policías disparatados persiguiendo al malo, qué tonto, mamá, lo van a coger, es que mira que es tonto, los mofletes blancos procesando pipas y cacahuetes sin interrupción. Ha crecido tanto en los últimos meses que he debido renovarle el calzado por completo y reinventar las respuestas que solía darle cada vez que me espetaba una pregunta difícil relacionada con la muerte de mi madre, y dónde está la abuela, pero dónde es ese sitio, cuándo viene a vernos, por qué no vamos nosotros, por dónde se va hasta allí…

Apenas arrancan los créditos, mi niño salta de la silla y corretea por la casa. Mejor me lo llevo al parque, dice Rubén y, antes de que me haya dado tiempo a quitar las migas del mantel, el correteo y los gritos ya están fuera, resonando escaleras abajo. Me asomo a verlos, miran arriba y agitan la mano, se suben al coche y se alejan rápido entre las casonas viejas. Qué suerte la mía, son todo mi mundo.

Guardo las servilletas que todavía sirven y me siento en el sillón granate. El reloj marca las seis. Coso un par de rodilleras, saco un par de dobladillos, atizo el fuego, leo a Cortázar, conejitos vomitados y una isla desde el avión. Pasa cerca una ambulancia y aúlla el perro de Tina. El día se va apagando. Arrojo un leño al hogar. Me envuelvo en una manta de colores que tejió mamá hace años, busco un resquicio de sus manos pequeñas, el tacto de una huella, me la acerco a las mejillas echándola tanto de menos, qué injusta es a veces la vida…

El reloj marca las ocho, ¿por qué están tardando tanto? Envío un mensaje, no llega. Llamo, no hay cobertura. Y al fin los oigo, de pronto, los pasos correteando escaleras arriba y esos gritos infantiles felizmente alborotados. Ya están aquí, abrirán la puerta de un momento a otro, pero no, otra puerta se abre y se cierra, y los gritos de Saúl se escuchan tras la pared. ¿Qué hacen en casa de Tina? Voy a buscarlos. Tina me abre. Los chicos no están con ella.

Vuelvo a mi piso y de nuevo los oigo, nítidamente, la voz serena de Rubén y el regocijo de Saúl, sus risas a través de las paredes y una tercera voz, igual a la de mi madre. Me parece ahora que estuvieran en el piso de abajo, pero ahí no vive nadie. Llamo al dueño por teléfono, quizás lo haya vendido o alquilado. Me dice que no, que su piso está cerrado, imposible que haya nadie.

Suena el timbre, por fin, voy corriendo a la puerta pero no son los chicos, son solo dos policías que me miran muy serios y me preguntan si soy fulana de tal. Sí, les contesto, y entonces oigo las voces llegándome desde arriba, pero eso sí que no, nuestro piso es el más alto. Uno de los policías me dice algo que no comprendo y que no me importa, deben de haberse equivocado de puerta y yo lo único que quiero es encontrar a los chicos.

Vuelvo dentro y miro por las ventanas, sigo oyendo el correteo y a Rubén conversando con ella, la que habla igual que mamá, y por momentos tengo la impresión de que las voces suenan dentro, en mi dormitorio, en el cuarto de baño… Registro el piso. Nadie más que yo. Vuelven a oírse las voces, suenan cotidianas y despreocupadas, como cualquier familia que acaba de llegar a casa y se prepara para cenar, y de nuevo ella, y sé que es ella, su misma voz y entonación, dicen mi nombre, Susana esto, Susana aquello, mamá nos está esperando, les recuerda mi niño, y yo grito a ver si me oyen, les pregunto dónde están. El timbre suena de nuevo y corro tanto que me doy con la esquina de la zapatera y tumbo el paragüero, pero otra vez los dos policías con la misma cara mustia que me preguntan si he entendido lo que me han dicho, y yo les respondo que lo único que quiero es encontrar a los chicos. ¿No los oyen? Ayúdenme a buscarlos. Pero ellos no se mueven, solo miran hacia abajo, se miran entre ellos y me vuelven a mirar. ¿Es que acaso no me entienden? ¡Les digo que necesito ayuda, por Dios santísimo!

FIN

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