Ochenta gramos de cacao, trescientos cincuenta de harina, cuatrocientos de azúcar, con tilde… ¿Sabes cascar huevos, David? Miro sus manos pequeñas. No importa, te enseñaré. Ahora, sigue anotando: cuatro huevos, trescientos cincuenta gramos de mantequilla… Sí, más despacio, perdón; un sobre de levadura, medio litro de leche y el ingrediente secreto. Mi nieto saca la nariz del iPad. Cuál es el ingrediente secreto, me pregunta. Yo me siento tentado a confiarle lo de mis viajes al pasado pero no me atrevo, de manera que le miento: ahora mismo no me acuerdo, ya te lo diré después.
David arruga el hocico. Su madre ya le ha dejado caer que el abuelo está perdiendo la memoria. Me abraza y me pregunta si quiero jugar a las cartas. También le ha dicho su madre que los juegos ayudan a mi cerebro a funcionar. Le doy caña para que aprenda a jugar bien y para ayudarlo a desarrollar ese tejido de neuronas que, a sus siete años, trabajan vivas y frescas. Le gano cuatro partidas para que aprenda a perder y le dejo ganar dos para que se sienta capaz. Nos damos la mano doblando el codo, dos camaradas. Charlamos. Me hace preguntas que no supe responder a mis hijos pero que ahora, con menos distracciones y al cabo de un largo recorrido de experiencias y reflexión, le sé contestar a él. Y, si no, lo buscamos en Google.
El ingrediente secreto no lo conozco ni yo. La abuela se aseguró de guardarlo a buen recaudo solamente en su cabeza. Por eso tengo que preguntarle cuando la vea. Se llevó muchos secretos a la tumba, mi Cecilia. Por suerte, desde que puedo viajar en el tiempo, nos encontramos de vez en cuando y eso me hace muy feliz, la echaba tanto de menos… Pero, antes de preguntarle, debo ser franco con ella. Porque, hoy en día, con tantas alergias, los secretos en cocina ya no están muy bien mirados. Si acaso me lo confía, dejará de ser secreto. Tantas cosas han perdido sus encantos con los años…
Decido no contarle a mi nieto lo de los viajes. Aunque es el único capaz de creerme, corro el riesgo de que lo divulgue y, entonces, me tomarán por loco y empezarán a fastidiarme. Ya tendrán tiempo de declararme senil cuando los viajes al pasado se produzcan con tanta frecuencia que me hagan bajar la guardia. Porque la cosa va en aumento, que yo ya me he dado cuenta, y vendrá el día en que las idas y vueltas continuas me dejen confundido por momentos. Mi hija me pillará desprevenido tras una conversación con Cecilia, o con mi padre o mi hermano Jacobo. Tardaré en darme cuenta de que he regresado al presente, lo bastante para soltar alguna incongruencia, tengo que ir con tu abuelo al mercado, ¿dónde está tu madre?, ¿quién es esta señora que me mira con cara de boba? Y ella me seguirá la corriente con lástima en los ojos y me esconderá el dinero, y las llaves, y la libertad que todavía me mantiene atado al mundo. Pero, mientras, hasta que todo eso suceda, seguiré disfrutando en privado de mi gran superpoder.


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